1. Ciclo sobre directorxs // Albertina Carri

Albertina Carri nació en Buenos Aires, en 1973. Hija de Roberto Carri y Ana María Caruso, ambos militantes de la organización Montoneros, secuestrados por la dictadura militar en 1977, cuando Albertina tenía apenas 4 años de edad.

A partir de ese momento su infancia y adolescencia transcurrieron entre la casa de sus abuelos, en Barrio Norte, el campo de unos tíos, y un colegio de monjas de Capital Federal.

Tras un corto matrimonio con un hombre francés, empezó una emblemática relación con Marta Dillon, infaltable periodista y activista argentina, con quien tuvo un hijo. Furio Carri Dillon Ros resultó ser el primer inscripto en Argentina con triple filiación de su padre Alejandro Ros y sus dos madres.

Después de estudiar para guionista en la Fundación Universidad del Cine de Buenos Aires (FUC), su ópera prima, llamada No quiero volver a casa (2000) fue seleccionada para ser exhibida en los festivales de Rotterdam, Londres y Viena, entre otros. Ya desde entonces, Albertina realizó varios roles en la industria cinematográfica, realizando cámara, montaje y producción de algunas de sus películas, además de la dirección y guión.

Aurora (2001) y Barbie también puede estar triste (2001) son cortometrajes que surgieron de su incursión en las técnicas de animación. En el caso de Barbie…, Albertina nos presenta una ficción pornográfica, que fue elegida como mejor película extranjera en el New York Mix Festival.

En 2003 estrena su segundo largometraje, Los rubios, el cual no sólo logró relevancia internacional e infinidad de premios, sino que además marcó un antes y un después en la forma de representar a las víctimas del terrorismo de Estado.

Esta​ película presenta los recuerdos de la directora sobre sus padres, apelando a fragmentos, fantasías, relatos, fotos e incluso muñecos Playmobil. "No me acuerdo mucho de mis padres. No tengo referencias de mí antes ni después. Yo me crié en esa ausencia, rodeada de relatos, cosas que escuché, fotos…”. Quizás esta premisa sea la que la empujó a llevar al límite la modalidad reflexiva en este documental, que es un llamado a reflexionar sobre la memoria en tanto cambiante y fragmentaria, y la identidad a partir de la historia personal.

Recursos novedosos, como construir una historia que se enfoca en el pasado para proyectarlo en el presente, y un equipo de filmación que aparece en cámara, ayudan a la directora a representar su constante búsqueda que concluye en lo imposible de la memoria, dado que entiende que la tarea no es reconstruir su pasado, sino interpelarlo.

Ese debate con la memoria es un recorrido político, y en esta obra Albertina está planteando que lo personal es político, algo importante para poder interpretar una experiencia aparentemente individual en el marco de su contexto histórico.

Luego vendrían obras como Géminis (2005), su tercer largometraje, y La Rabia (2008), sobre la naturalización de la violencia.

La Barbie porno con travestis incluidas, el coito animal de los adúlteros en La rabia y el incesto de Géminis ya anticipan una fuerte impronta sexual en esta directora. Para Carri, el sexo es el detonante del argumento, lo que define la personalidad, las relaciones en una poética amorosa, perversa y sutil.

Y así llegamos a la cereza del postre: Las hijas del fuego (2018). Premiada ese mismo año en el BAFICI como mejor película argentina, la última película de Carri es una porno translésbica que llegó a ponernos incómodxs y cachondxs al mismo tiempo, teniendo que compartir tal experiencia en una sala de cine repleta de curiosos por ver la gran novedad. Muchos no aguantaron lo explícito del contenido, pero muchxs terminamos fascinadxs por esa película que tiraba por la borda todo lo que las feministas/disidencias odiabamos de buscar porno para nuestras noches de pasión y buscábamos un cine erótico que nos tenga como protagonistas.

Las Hijas del Fuego es una película sobre las mutaciones y el viaje como experiencia transformadora. Es porno manifiestamente LGBT, es lesbofeminista. Pero ponerle cualquiera de estas etiquetas, si bien es es justo, termina pareciendo reduccionista.

El film pone en escena a un colectivo de mujeres durante un “road trip” casi de ensueño y surrealista, con el escenario de los paisajes sureños de la Argentina, una camioneta vintage y la cámara de Albertina Carri. Así se da rienda suelta a las experiencias de los cuerpos en contacto, del poliamor y del empoderamiento de las mujeres. Durante toda la película, incluso en las escenas de sexo explícito, una voz en off se debate sobre cómo hacer cine, específicamente cine porno y sobre cómo la misma experiencia de filmar atraviesa su obra.

En esta película, con la participación especial de Sofía Gala, Cristina Banegas y Erica Rivas, el porno aparece como una búsqueda de reconfiguración de los géneros por fuera de la violencia y la cosificación patriarcal. El placer no como mercancía sino como un lugar de exploración individual y colectiva, como necesidad y con un rol político.

"Me interesaba deconstruir ese género, un género además muy ninguneado por el feminismo, ¿no? Porque está la teoría abolicionista que directamente propone que no hay que hacer porno. Me parecía que era importante deconstruir ese género y también apropiárselo, de algún modo, y hablar del goce femenino desde otro lugar.”

Resalta especialmente la representación del sexo no fálico, ya que no hay presencia masculina en el relato. Es más, no hubieron varones en casi ningún rol de la producción. Con esta experiencia, Carri nos presenta una revolución feminista, tanto laboral, como cultural y sexual.

Y con toda su filmografía, tan ligada a su propia historia, a sus búsquedas personales, a su propia curiosidad creativa, Carri nos sigue recordando que lo personal, incluso la muerte y el sexo, son políticos. Y así se convierte en una fuente de inspiración inagotable para toda una generación de mujeres y disidencias buscando su lugar en la industria cinematográfica, en la historia y en nuestra sociedad.



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